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Que debe separarse la vida personal de la profesional y que estas no deben mezclarse es un discurso recurrente, sin embargo, a la luz de la ética y la reputación corporativa, vale la pena tener en cuenta que un comportamiento particular puede fácilmente convertirse en un asunto organizacional.

El reciente caso de Richard Roeper, columnista y crítico de cine del Chicago Sun Times, quien fue suspendido al ser identificado en la investigación The Follower Factory publicada por el New York Times, como una de las tantas figuras públicas que compraron seguidores falsos en Twitter, pone de manifiesto la responsabilidad de las empresas en las acciones de sus trabajadores.

La situación ha generado contradictorias posiciones; para algunos resulta exagerado que esta práctica – común en la red social – lleve a que Roeper sea objeto de una investigación y posible desvinculación del medio, para otros, es claro que su conducta fraudulenta merece ser castigada.

Pero ¿hasta qué punto la ética de los empleados puede generar impactos en las empresas? ¿podrían las empresas exigir conductas éticas a sus trabajadores en ámbitos fuera de los organizacionales?

Definitivamente sí. En este caso, por ejemplo, para un medio de comunicación que profesa valores como la responsabilidad, la transparencia y la búsqueda de la verdad en el quehacer de su negocio, que uno de sus miembros compre seguidores falsos en una red social, sin duda pone en tela de juicio su credibilidad.

Además, si bien Richard Roeper es una persona por fuera del medio su nombre como figura pública está atado al del periódico y, por ende, sus conductas también lo estarán. Por eso, resulta coherente que el Chicago Sun Times se haya pronunciado al respecto para anunciar una investigación al columnista y la suspensión de sus publicaciones durante la misma.

Sin embargo, la investigación de New York Times menciona decenas de celebridades entre músicos, actores, políticos, empresarios y deportistas, acusados de haber comprado seguidores falsos sin repercusión alguna. Esto puede llevarnos a cuestionar hasta dónde llega la aceptación social de ciertas conductas y si es que el hecho de que una práctica deshonesta sea común y recurrente (“porque lo hace todo el mundo”) la hace menos indecente.

Carolina Llano Uribe
Carolina Llano Uribe
Comunicadora Social y Periodista, con experiencia en producción y gestión de medios editoriales; diseño e implementación de estrategias digitales; administración de comunidades digitales y generación, edición y corrección de estilo de contenidos multimedia para redes sociales, páginas web y productos editoriales.